¿La corrupción somos todos?

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Para reducir la corrupción necesitamos entenderla mejor, y para entenderla mejor necesitamos describirla, ilustrarla y medirla con mayor precisión. No sólo se trata de dar seguimiento a los grandes escándalos de corrupción política que estallan semana tras semana (lo cual es importantísimo), sino también de analizarla desde su dimensión social, sin miedo a caer en el simplismo fatalista de concluir que la corrupción es “un problema cultural”. 

No es un problema cultural y tampoco está en nuestro ADN; mucho menos es una condición humana que debamos domar a latigazos. La corrupción es un problema sistémico que se construye sobre la base de situaciones cotidianas e interacciones entre servidores públicos, entre servidores públicos y ciudadanos, y entre ciudadanos que, con el paso del tiempo, se convierten en intrincadísimas redes de complicidad donde no siempre es fácil distinguir a la víctima del victimario, ni identificar cuando los actos de corrupción son transacciones de mutuo acuerdo, sin víctimas ni victimarios.

Cierto, la corrupción más grave, perniciosa y dañina es la que realizan los servidores públicos abusando del poder que les fue delegado para beneficio privado. Combatir esa corrupción es prioritario. Pero también debemos reconocer que la corrupción no es un problema exclusivo del gobierno y los agentes del Estado.

Recordemos que en México la palabra “autoridad” no siempre es sinónimo de “autoridad legal”. En un Estado indómito y clientelar como el nuestro hay muchísimo espacio para que personajes que representan intereses ajenos a los del Estado se erijan como “autoridades”, ejerciendo un poder que no les fue delegado, pero que pudieron usurpar ante la complicidad o la ausencia de los verdaderos agentes del Estado.

Por eso tienen razón quienes advierten que en México la corrupción se manifiesta en redes tanto públicas como privadas, y que concluyen que para reducirla es necesario combatirla con un enfoque sistémico. Por eso es importante dotar al Sistema Nacional Anticorrupción de recursos humanos, económicos e institucionales suficientes para garantizar que funcione con eficacia. Por eso también es importante no limitar los esfuerzos anticorrupción al gobierno y los agentes del Estado.

Reconocer, deliberar y ejecutar una estrategia anticorrupción de abajo hacia arriba, que parta del hecho de que la corrupción también se manifiesta y reproduce en la sociedad, es una condición necesaria para resolver el problema. Es un ingrediente esencial para acabar con los vestigios de un Estado corporativo-clientelar donde la ley siempre estuvo al servicio del mejor postor, donde tener “palancas” siempre fue esencial para ascender socialmente y donde la desigualdad y la pobreza se convirtieron en el principal combustible del sistema.

Una estrategia de esta índole no implica diluir la responsabilidad del Estado, mucho menos que los actos de corrupción de los ciudadanos sean tan graves como los del gobierno. Según el Corruptómetro de Opciona, 23 por ciento de los mexicanos pagaron un soborno en el último mes, lo que sugiere que la mayoría de los mexicanos seguramente no participan ni activa ni frecuentemente en actos de corrupción. Son más los mexicanos honestos, que dicen “no” a la corrupción y que pueden tirar la primera piedra. Esos mexicanos deben estar a la vanguardia de los esfuerzos para combatir la corrupción de abajo hacia arriba, predicando con el ejemplo y ejerciendo el poder de su mayoría.

En el Corrupcionario mexicano, el término “La corrupción somos todos” se define como “El mejor pretexto para seguir haciéndonos pendejos y conformarnos con el estatus quo, aunque la muletilla desate aplausos de nuestra clase política. Al fin y al cabo, es un problema cultural. ¿O no?”. Pues eso, porque la realidad es que son más los mexicanos que pueden tirar la primera piedra. 

Que quede claro, sin la sociedad como protagonista central de este largo y necesario proceso, México no terminará de detonar su enorme potencial. Seguirá siendo el país del “ya merito” y el “sí se puede”. Una tierra maravillosa donde la corrupción nos condenó a la desigualdad, la injusticia social, la violencia y la pobreza. Dudo mucho que alguien anhele eso. 

Recordemos que el cambio no es un evento, es un proceso. Opciona y el Corrupcionario mexicano no son más que pequeñas y entusiastas contribuciones a ese enorme proceso, que requiere miles de contribuciones adicionales de los millones de mexicanos que pueden tirar la primera piedra. Así que la corrupción no somos todos, pero la solución sí.

@gustavoriveral

Artículo publicado en Animal Político, el 6 de octubre de 2016. 

 

 


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